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Personajes típicos de un madariaga cincuentón

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PERSONAJES TÍPICOS DE UN MADARIAGA CINCUENTÓN

por María Cristina Coccari

De pequeña viví en la calle Intendente Urrutia, a media cuadra de la vía. Por allí pasaba mucha gente que se dirigía a atravesar el paso a nivel para llegar al Barrio Las Tunas o simplemente “atrás de la vía”. Era una población humilde que habitaba en su mayoría ranchos de adobe construidos con propias manos en tierras bajas y anegadizas. Las Tunas tenía pocos comercios. Había hornos de ladrillos, quintas, mucha mano de obra para la estación, las cosechas, el servicio  y la albañilería, algunos boliches y despachos de bebidas. 

Pasaban por mi vereda algunos personajes que deseo describir por la riqueza y la fuerza de sus caracteres. Aunque me pregunto si  invado el recato y la abstención con el que fueron tratados y respetados en las calles de mi pueblo. Quizá no sea de buen cristiano exhumarlos, pero igual los recordaré  porque necesito que no se vayan del todo. La mayoría eran ancianos – casi todas mujeres – acarreando bolsas y arrastrando andrajos superpuestos. Gente que había atravesado una vida, que había dejado atrás una historia a la que nadie podía asomarse. Eran como restos  de un pasado seguramente doloroso y alienante, refugiados en su casi locura, en su vaguedad y vagancia, andariegos sin rumbo. Los nombro como los nombraba la gente.  Doña Ciriaca Flores, La pecho de mármol, la loca Villaverde, La Pajarita, La Liebre, Martín Flores o Martín Chiquito, Lalo Martínez, don Mateo Medina, Foti Foti…

Hoy mi pueblo ya es una ciudad que ha ideado hogares y asistencia para los desventurados. Quizá aún haya, pero bañaditos y sin sus bolsas han perdido el misterioso romanticismo que los aureolaba en mi fantasía infantil.

 

DOÑA CIRIACA

Aparentaba ser vieja, muy vieja. No creo que lo fuera, ya que tenía el pelo renegrido, largo, separado en dos bandas y atado con un rodete. La cara era muy oscura, tampoco puedo decir que era por el color de la tez o   la falta de higiene. Unos ojos furibundos, recelosos, pequeños, secundados con éxito por una boca muy apretada. Arrugas, muchas. Era voluminosa y sus piernas torcidas le daban al caminar un bamboleo muy de doña Ciriaca. Los chicos silenciosos la veíamos pasar todos los días rumbo a alguna parte, cargada con varias bolsas, sus vestidos sobrepuestos, oscuros, caóticos. ¿Tendría alguna actividad? ¿De qué vivía? Se decía que tenía un ranchito en el Barrio Las Tunas, el que luego se llamó Belgrano. De allá emergía entre una nube de perros y hacia allá volvía.

Un día que no olvidaré estábamos con mi hermana Evi sentadas en el pequeño escalón de acceso al jardín del frente de nuestra casita en la calle Urrutia, a metros del paso a nivel. Teníamos entre cuatro y cinco años, probablemente. De pronto notamos que doña Ciriaca se había plantado frente a nosotras. Un enorme bulto negro, de donde emanaba un olor antiguo, había eclipsado al sol. Del bulto emergió una mano oscura, algo brillante, un poquito engrasada, y me apuntó con su  índice. ¡A mí! Se me heló la sonrisa. Se me estancó la vida, porque Doña Ciriaca estaba diciendo:

-Vos no sos hija de don Coccari. Un día voy a venir a buscarte, porque vos sos hija mía. Te voy a llevar conmigo a mi casa. Pronto.

Anonadada por el notición, quedé fija al escaloncito. Evi se levantó y corrió hacia adentro llorando fuerte, mientras llamaba a nuestra mamá.

-¡Mami, mamiiiii! ¡Una vieja se quiere llevar a la Negra!

Yo seguía allí. Se me dio por imaginar cómo sería ser llevada de la mano, entre bolsas y trapos volantes, cómo sería vivir en su casa, ¿serían buenos los perros?

Mami nos llevó adentro, le contamos con gran alboroto el suceso, girábamos a su alrededor, nos multiplicábamos, pero ella comenzó a reírse.  Morocha – mi madre – era una persona parca de palabras, pero sabía reírse lindo. Esas carcajadas aflojaron el puño que apretaba a mi corazón. No necesité más que eso para dejar de preocuparme. Una y otra vez la historia fue repetida: en la mesa cuando llegó mi padre de la sastrería, a Tía Juana y Tía Meca que se la habían perdido, en la visita dominical a casa de mi abuela…siempre con el mismo resultado: todos se reían. Cuando mi padre quería verme rabiar me decía:

-Qué hace la hijita de doña Ciriaca?

Hoy la adulta que hay en mí recapitula: Tanto temor  por el paso de la anciana,  y la única vez que la oí hablar fue para decir uno de los más exitosos y celebrados chistes que se hayan escuchado en mi familia.

 

LA PECHO DE MÁRMOL O PISTOLERA

La recuerdo caminando siempre por el medio de la calle de tierra. La mayoría de las calles de mi infancia eran de tierra. Parecía que para salir se vestía con todos los trapos que tenía. Era una aparición terrorífica, aunque jamás se entreveraba con gente alguna. La cara, coronada por una enorme mata de pelo negro ensortijado, revuelto, despeinado, estaba muy maquillada. La piel, con polvos muy blancos y espesos que se agrietaban en las arrugas gestuales y las mejillas pinceladas de un rojo fuerte, eran soporte de dos ojos furibundos, erráticos, negros y brillantes que jamás te miraban. Eran unos ojos llenos de vida pero inestables y yo diría que desesperados. La boca cerrada con fuerza, pintada de rojo, era una  línea.  Portaba bolsas de arpillera, quizá llevaba allí el producto de visitas a hogares o comercios o fondas donde era ayudada.  Pasaba para Las Tunas. Los chicos hacíamos silencio y nos apretábamos contra la pared. Se decía que no había que hacerla enojar, que dentro de sus medias llevaba un revólver con el que había matado al marido que la golpeaba y a unos muchachos que quisieron entrar al rancho. Habladurías, chismes pasados como consignas secretas entre los chicos del barrio, que le adjudicaban oscuras tareas de magia negra. Escuché por entonces a una tía, decir que solía emplearla por unas monedas para elevar con la bomba agua al depósito, cada vez que aparecía y se paraba en silencio en el portoncito de entrada. Esto sucedía sólo cuando Pechodemármol quería, pero jamás le oyó decir una palabra.

Años después se supo la muy impresionante noticia de su muerte. Se había quemado el rancho con ella adentro. Incluso se secreteaba que fue intencional, una travesura de jóvenes. Deseo que no haya sido así. No lo merecía. Quiero imaginarla adormeciéndose delicadamente, loca apasionada en busca de un pan menos humillante, con una sonrisa por fin en su boca pintarrajeada. Quiero que ahora sea feliz por fin.

 

LA LOCA VILLAVERDE

Cuando éramos aún nenas, algunas tardes nos poníamos un vestido más arregladito – a veces era sólo sacarnos el delantal con volados que usábamos encima durante los juegos de la mañana – e íbamos a hacer un recorrido que incluía la visita diaria a mi abuela Carmen, alguna compra encargada por mami y un riquísimo helado de la confitería de Simón en la calle Avellaneda. Cinco cuadras de ida y otras tantas de regreso.

Por lo general éramos tres: mi hermana, mi prima Choni y yo.

Al pasar por la cuadra de la calle Belgrano frente a la plaza Madariaga, siempre nos cruzábamos con una señora a quién todos llamaban “La loca Villaverde”. Vivía en los altos destartalados de la gomería, un viejo edificio de pintura ardida y descascarada, mucho más alto de lo que hubiese sido necesario para sus dos plantas. La gomería tenía aberturas que aparecían negras como sin fondo. Allá arriba, este ser liviano y bello, atisbaba haciendo leves ruidos al caminar por el piso de madera. Otras veces, bajaba decidida a caminar por la vereda despareja.

Pequeña mujer delgada y frágil, calzada con zapatos de tacón con hebilla pasados de moda y zoquetes blancos con puntillas.

Se vestía con ropa suave que flotaba a su alrededor; hoy me parece que debieron ser muselinas, o gasas. Bellos estampados de otra época, y telas lisas, prendas agrupadas sin parentesco alguno. Muchas. Algún saquito o rebozo, collares, pulseras… ¿bijuterie quizá?… y la infaltable sombrilla. La sombrilla formaba parte de ese paisaje que la aureolaba. Era una verdadera sombrilla estampada sobre un suave fondo claro, con voladitos y puntillas, con un largo mango. Ella la llevaba abierta, se refugiaba en su sombra celosa, tanto si el sol estaba furioso como ya orillando la noche. No era por el sol. Pienso que se refugiaba de las miradas. Y todos la mirábamos. A mí me parecía un bello espectáculo. Iba en su mundo, ajena, absorta, su pelo negro largo con numerosas  ondas pequeñas y su cara maquillada. Y un día cualquiera ya no estaba más.

 

MARTÍN FLORES (Martín Chiquito)

Lo recuerdo junto al cordón de una vereda cualquiera, hablándole (al cordón) de un modo admonitorio, como quien reprende a alguien por su mala conducta. Sus dedos cortos y regordetes acompañaban los balbuceos, erigidos en serias amenazas para el apabullado cordón.

Martín era bajo y fuerte. No se lo podía llamar gordo, pero era de ancas prominentes (culón, diríamos en casa).

Al caminar hacía mucho ruido, como de zuecos, porque usaba zapatos varios números más grandes, por lo que sus puntas se habían rebelado doblándose hacia arriba.

El pelo siempre rapado, ropa que le quedaba grande pero estaba siempre pulcra, tiradores más un cinto para no comprometer la adhesión del pantalón a la cintura. Alguien – o quizá muchos -  atendía a Martín chiquito. Estaba limpio, robusto y feliz.

Cara alargada, boca abierta como con asombro, cuello corto.

Sus facciones delataban su mente en sombras. La mirada estrábica, a veces se fijaba en mí y yo esperaba que me dijera algo coherente, pero volvía a errar por la pared o el árbol, a quienes incluía de nuevo en una conversación animada.

Pedía una moneda que todos le daban. Era tierno. A veces su boca se torcía en una sonrisa desdentada, mirando hacia abajo. Mi abuela lo amaba, le hablaba, le daba un pequeño trabajo, un dulce. Siempre iba a la ferretería. Era como un perrito fiel, acercándose a aquellos en quienes podía confiar. Un día también dejé de saber de él.

 

LA PAJARITA

Era muy flaca, enjuta, una carita pequeña, desgreñada, con el pelo irisado, frisado, falto de peine y quizá de jabón. Tanto la cara como el cuerpo dejaban traslucir los huesitos menudos. Era uno de esos seres miserables que la vida arroja fuera de su sistema socialmente organizado. Una marginada como tantas que vi en mi infancia y me partieron el corazón. Recolectaba trapos, ropa, revolvía los tachos de la basura (antes no había bolsas de residuos), recorría las calles doblada por su miserable carga, por el viento, por el cansancio, por el calor, por su propia debilidad. En los barrios a su paso los chicos le gritaban burlas. Ella se indignaba precisamente porque era un ser humano privado de su dignidad. Arrojaba a los faltos de misericordia sus sucios trapos, su pobre carga, que luego debía recoger en medio de peores pullas.

La evoco siempre enojada, furibunda, a la defensiva, como harta de ser a la vez objeto de burla e indiferencia, letal combinación para la dignidad de una persona.

 

MATEO MEDINA

Vivíamos en la calle Belgrano entre Zubiaurre y Etchegaray. En la esquina de Zubiaurre había un terreno baldío rodeado de un alambrado envejecido de palos mohosos  de los que raspábamos verdes líquenes como voladitos para decorar nuestras “tortas”. Si el alambre estaba caído en partes, nosotros no éramos inocentes. Allí crecían a sus anchas las malezas. Cardos altísimos con sus peludas flores azules tan agresivas como hermosas, madreselvas tercas y retorcidas, jugosos y dulces frutos de mburucuyá con flores esotéricas. Los chicos del barrio jugábamos entre los escombros inventando selvas, montañas, guaridas. Éramos dueños, señores, reyes, amos del lugar, con miles de  historias y una sola herramienta: la fantasía.

Una mañana fuimos con mi hermana a juntarnos con el resto de los secuaces y los vimos del lado de afuera del alambrado. Estaban mirando sin entrar. Cuchicheaban y se reían. Nos fuimos acercando. Lo primero que pudimos ver fue un caballo ensillado, atado a “nuestro” alambrado. Un hombre (un viejo, en vocabulario infantil básico) estaba parado junto a una pequeña fogata. Cacharros tiznados colgaban de la montura del caballo y uno de ellos cantaba sobre el improvisado fogón, humeando los pastos. El hombre estaba por matear.

Miles de preguntas. Quién es, qué hace acá, porqué no se va.

Carrera para llegar a mi casa a disparar las preguntas sobre mi madre y mi tía Juana. Ellas, tranquilas, sin dejar sus cosas, dijeron:

-Ah!, sí. Es don Mateo Medina. – ¿Habrase visto? ¿Qué clase de respuesta es esa? ¿Dónde vive, vive solo, dónde está la familia, eeeh?

Fuimos sabiendo que era un conocido personaje, ya entrado en años, que periódicamente hacía apariciones y ocupaba con su hermoso caballo tobiano alguno de los terrenos baldíos, de los que a la sazón Madariaga tenía muchos. No le pedía nada a nadie, no buscaba amistades ni conversaciones, no era un mendigo. Era una suerte de linyera urbano. Alguien muy pacífico al que no había que molestar.

Volvimos al lugar y nos pusimos a mirarlo. En silencio, lo estudiamos, ya que nos habían dicho que no era malo... Vestido de bombachas marrones con alguna tablita deshecha y alguna manchita, botas altas muy gastadas, saco sastre baqueteado y cambergo marrón, de donde aparecía una cabellera larga entrecana. La cara no sé si era negra o estaba ennegrecida o curtida, pero daba oscuro; de todos modos se le veía poco, ya que tenía una larga barba negro-canosa. No sé qué cara tenía don Mateo, porque además me daba miedo mirarlo mucho, a ver si se enojaba.

Pero había que mirarlo, verlo bien, porque un día no iba a estar más, esa era su costumbre, nos habían dicho. También que él había elegido ese estilo de vida y que estaba a gusto.

Por la noche me iba durmiendo en mi cama calentita, mientras pensaba en don Mateo, allí a la intemperie debajo del caballo. Me preocupaba si comía, si tenía frío, con qué se lavaba. Algunos chicos decían que veían el fuego hasta muy tarde y que a veces lo oían hablar.

Un domingo antes de sentarnos a la mesa, mi mamá nos dio un plato de ravioles amasados con tuco y nos dijo que se lo lleváramos. Salimos felices. Lo llamamos desde afuera del alambrado. Se acercó, sombrero en mano y tomó el plato. Él también estaba feliz. No sé lo que dijo, mascullaba un agradecimiento y la única palabra que entendí fue “nenitas”. Me pareció una linda palabra.

Dice Cuero Crudo:

“Mateo tenía una gran necesidad que lo ayudaran con comida y no tenía ninguna cobertura social a sus 80 años. Muchas veces sirvió de modelo para algún disfraz de quien  lo quiso inmortalizar en el ridículo. En su juventud nunca trabajó, fue “agregado profesional” en las estancias vecinas: no tuvo patrón y era libre como los pájaros. Durmió a campo abierto sobre el recado y fue medio fachinero para el fierro, de pocas pulgas. Una vez se topó con Pedro Bigorito, le tiró una puñalada que el otro esquivó con el poncho y le cruzó la quijada izquierda marcándolo para siempre.

En sus últimos años dormía en la calle Rivadavia, en el cruce de El Pampeano. En una oportunidad un vigilante le fue a dejar la bicicleta para que se la cuide y Medina extrajo un arma de entre sus ropas, apuntando dijo:

-Si no se va lo mato, carajo. – Pérez humildemente se fue, pero volvió con refuerzos. Sorpresa: el arma era un revólver de juguete. Se retiraron dejando al anciano en paz, con su chasco a cuestas.”

 

LALO  Y JUANA MARTÍNEZ

Creo que Lalo era rubio. Su pareja, Juana, tenía rasgos amulatados, pero con mota rubia y ojos claros. Se parecían físicamente. Eran flacos, medio encorvados, manos y pies grandes, vestidos con cualquier cosa que les calzara, chancleteando zapatos gastados. Eran muy unidos, andaban juntos, se protegían uno al otro y llevaban a su prole, cada vez más numerosa. Los hijos eran inconfundibles. Lindos, algunos con la mota de Juana y otros con el pelo lacio de Lalo, algunos con ojitos claros, llegaban al mundo con una emocionante regularidad anual. Hacían changas, recibían ayuda, porque eran muy pobres y vivían en un rancho en las afueras.

Juana, Lalo y prole eran sociables, les gustaban las fiestas. Iban a mirar todo aquello que se diera sin cargo. Las domas, el corso,  las romerías, los desfiles, la banda, las fiestas patrias, las carreras. La familia Martínez cargaba con el mote de ser “los locos Martínez”. En los pueblos pasa eso. El original., el menos convencional, el diferente, es llamado loco y eso tranquiliza al término medio. Así se excusan por no poder ser originales ni creativos.

Los recuerdo vívidamente. El corso de carnaval era un acontecimiento pueblerino, al que todos íbamos. A algunos les gustaba disfrazarse solos, o formar comparsas, u ornamentar una carroza. Otros íbamos a ver, caminando, o sentados en la vereda de La Ideal con una botella de Bilz, o dentro del auto estacionado en el medio de la calle Avellaneda mientras todo sucedía a tu alrededor, o sentados en la vereda de los tíos Benito o Annal. A los niños nos asustaban los alaridos de las máscaras, algunos se perdían entre la gente, pero nadie pegaba el faltazo.

Los Martínez tampoco. Como te dije, todos los años había un bebé nuevo en la familia, de modo que la fila era cada vez más larga. Marchaban uno detrás del otro. Encabezaba Lalo con su sombrero de flores de papel y cascabeles, con su traje de cretona Monarca y su tranco largo. Se movía para hacer sonar los cascabeles, que iban sujetos a una especie de jaulita de cañas que rodeaba el sombrero. Seguían los hijos e hijas, en orden de edad, los pequeños de la mano de los más grandes, y Juana con el bebito en brazos. Si había que cargar a dos, lo cargaban ¡Y todos iban disfrazados! Era conmovedor ver el esmero que ponían en lograr los trajes, las flores, los adornos. Eran gente de amplia sonrisa y se los veía festejar con alegría. También los he visto sentados descansando en las vidrieras de los negocios, en las escaleras de Banco Provincia…Siempre juntos y felices.

 

 

FOTI FOTI

Nadie sabe cómo se llamó, pero todos lo conocíamos. También todos hemos visto por lo menos una foto en esa especial calidad suya, envueltas las figuras en una romántica bruma que desdibujaba contornos y facciones, aún si había sido tomada a pleno sol.

Era alto, desgarbado y casi no hablaba. Unos dicen que era polaco; otros que era un alemán llegado en un submarino. Tenía un penetrante olor a pucho negro y el perramus ajado, de un blanquecino sucio, le colgaba de sus hombros flacos. El pelo -que pudo haber sido rubio en el pasado- estaba siempre bastante largo y asomaba revuelto y ralo debajo de un viejo sombrero aludo, ladeado sobre un ojo. Quienes lo conocieron mejor dicen que ese ojo le faltaba, y así explican  sus permanentes anteojos negros.

Recorría las calles en su bicicleta, tan vieja como el sombrero y el perramus, pero quizá no tan antigua como su cámara. Para las fiestas y actos en la plaza, comuniones, mitines de índole diversa, colocaba un trípode en algún lugar visible para ofrecer la foto a precio accesible. Sin vocear, sin carteles, sin publicidad. Cuando lograba que alguien le hiciese una pose, se metía hasta la mitad del cuerpo dentro de un tubo de lona negra con un elástico en el extremo que no estaba sujeto a la cámara. Ese era su cuarto oscuro. La foto era revelada en el acto, como un adelanto de las famosas “Polaroid” que serían la gran novedad muchos años después. Me pregunto de dónde había sacado esa máquina, de una tecnología a la vez antigua y futurista, por eso me gusta pensar como si fuese cierta la leyenda del nazi que cambia de vida y se esconde en un pueblito de la pampa

Cuenta “Cuero Crudo” que vivía en un terreno baldío de Zoppi y Buenos Aires, en un colectivo abandonado que había preparado, dicen, muy bien, con ingenio. Adentro estaba empapelado con las fotos de los que lo habían “codido”. Los llamaba “desaparecidos” y eran quienes habían hecho encargues que luego le dejaron como clavo. Nunca los encontró.

Fue popular en los barrios humildes, donde se lo llamaba para fiestas y bailes, pero las malas experiencias lo obligaron a pedir seña antes de sacar las fotos.

También nos cuenta Castro que fue alcohólico y que murió enfermo y pobre allí en el Hospital, tan cerquita de su casa… “vencido”, dice Cuero Crudo.

Nunca fui capaz de calcularle la edad y lamento no haber hablado con él. Hoy quisiera tenerlo frente a frente para conversar, para digitalizar y recuperar esos testimonios gráficos que fue juntando en tantos años y para desentrañar el misterio de su vida. Pero, como pasa siempre, cuando alguien como Foti Foti cobra valor es porque ya es tarde.

 

EL TURCO TEREALES

Los “turcos” de Madariaga no eran tales, sino que provenían de Siria y Líbano. Fue la necesidad de simplificar las cosas de un país con el Atlas mundial algo confundido por la ola inmigratoria de los años 40-50, los cambios que la guerra le impuso más la dificultad de los recién llegados para comunicarse en nuestro idioma. Así dimos en llamar gallegos a todos los españoles y gringos al resto. Salvo rusos, judíos, croatas, y ese vecindario de Asia cercana que eran todos rusos: derecho y sin vueltas. Si venían de Serbia, Montenegro, Yugoslavia y otros puntos aledaños, eran montenegrinos y listo. Solucionado.

Pero el turco Salvador Tereales sí era bien turco, porque había nacido en Angola, Turquía. Frecuentaba “Las Tres Canchas”, era  amigo de todos allí, donde lo tenían por un gran mentiroso, de aquellos que cuentan historias en las que son protagonistas, nacidas de hechos en parte vividos e inventadas en otra gran parte. Todos lo conocíamos por “El turco Salvador”, el vendedor de billetes de lotería.  Pero si estas señas no bastaban, con decir “El turco de la bola” era más que suficiente.  Lo he cruzado mil veces con sus billetes prendidos con una manito de metal, con su andar bamboleante debido a que el pobre tenía una descomunal hernia umbilical que había adquirido el tamaño de una pelota de fútbol.

Usaba bombachas batarazas, alpargatas y boina de vasco. Se acercaba a los grupos de hombres en el Banco, en las confiterías,  en la puerta de la cancha, en carreras y desfiles, en todos los lugares donde se reunía gente y decía -“Para hooooy” estirando la mano con su mercadería. Era un buen tipo que vivía de su trabajo.

Cuero Crudo, quien fue su amigo en los sitios que frecuentaba, cuenta:

“Contaba Salvador que de muy joven su primer trabajo fue en el puerto de Buenos Aires pasando contrabando de los traficantes de cigarrillo. Luego se dedicó a traducir el idioma griego a los árabes que andaban por allí en negocios raros, contrabando o ventas ilegales. En una razia policial en el 35 lo metieron preso y pagó por todos los demás. Al salir tomó distancia y en el primer tren que tomó apareció en Madariaga. Aquí hizo de todo un poco, desde vender pescado de La Salada en una canasta, billetes de lotería o prestamista pobre, sacando de apuros a sus amigos. Sus gustos jugar al truco y contar cuentos. Una vez decía:

-Estábamos todos los matones, estaba yo, Águila Tuerta, Carancho Baleado, Pata de Oso, Gallareta, Zorrino Guzmán, Gallo Clavería y nos vinieron a prender los milicos. Yo, en el primer planazo que pegué, di por tierra con el Comisario. Los demás me siguieron con la mirada, hasta perderme de vista.

-Qué, ¿disparó don Salvador?

-No, me dí a la fuga, simplemente.

Vivía en tugurios, entre prostitutas y siempre estaba dispuesto a darles una mano. Tuvo una vida muy pobre pero intensamente vivida. No había lugar en que él no hubiese estado. Un personaje trabajador, amigo firme. Un recuerdo para el único turco de Madariaga.”

 

 

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Comentarios Personajes típicos de un madariaga cincuentón

Estoy màs que emocionada,sorprendida,encontrar tanto referente al pueblo en el cuàl nacì y vivì hasta los 22 años ,son los recuerdos de mi infancia,escuela primarìa,juventud,y.....de pronto entrar a ver que podìa encontrar  de mi pueblo y me encuentro con tantos recuerdos, creì olvidados y hoy vueltos a mi memoria,soy de una familia comùn,para mì,en esos tiempos,flias como Còccari ,Eyras ,Larrondo ,etc eran como de otra clase y si bien con muchas de ellas compartìamos colegio,charlas ,etc...habìa una distancia q hoy a travèz de los años  veo como cosa de pueblo,casi normal,y entonces agradezco a Cristina esto que me ha hecho recordar a los personajes ,que ,claro,todos convivìamos con ellos ej:MartìnFlores ,un amigo,la pajarita que creo andaba con una gorra verde ,esa me imponìa "respeto"...o ¿miedo? la familia Martinez,¡que grande! tantos años pasados fuera del lugar y que aparezcan en mi memoria para contarles a mis hijos y nietos...gracias muchas   gracias,tambien he visto muchos otros nombres y apellidos que me han traìdo recuerdos.Saludos muy cordiales.
nilda griselda  ruiz nilda griselda ruiz 07/11/2010 a las 20:36
HOLA NILDA! QUÉ GUSTO PODER COMUNICARME CONTIGO Y QUÉ PLACER HABER PODIDO ACERCARME  A TUS RECUERDOS CON NUESTROS PERSONAJES TAN QUERIDOS...
¿QUIZÁ FUIMOS VECINAS O COMPAÑERAS DEL COLE?
QUÉ ES DE TU VIDA HOY?
GRACIAS POR TUS CÁLIDAS PALABRAS.

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