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Madariaga y sus antiguos boliches de copas

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DESPACHOS Y ALMACENES DE ARRABAL

SUS DUELOS Y SUS GUAPOS

En este trabajo cruzo mis vivencias infantiles de los años 40-50 con los frescos recuerdos de José  Castro, o Cuero Crudo o el Narrador del Tuyú.. Con su amplia experiencia en este tipo de establecimientos  urbanos o suburbanos, proyecta luz sobre estos típicos salones de la época donde se servía la copa, se comía, se jugaba a la baraja o a las bochas y a veces se vendía mercadería.

Aclaro que cuando el narrador dice hoy se refiere al año 2000 en que fueron publicadas estas historias. Sólo en alguna ocasión me he atrevido a agregar, tímidamente,  cual intrusos,  mis escasas experiencias acerca de aquellos templos masculinos de los bajos fondos.

María Cristina Coccari

 

LOS HOMBRES DE BIEN

En este artículo Castro aclara conceptos que serán útiles para comprender a la juventud madariaguense de hace 30 o  40 años, su nivel cultural y su origen.  Edición de marzo del 2000.

 

Nos cuenta que era otra clase de juventud, hombres de campo sin otro nivel educativo que el primario, ya que para el pobre no existía otro, y sin máso recurso de trabajo desde los 12 años que el campo. Muchachones campechanos rayanos en la ignorancia entre los que nombra a los Verón, Celia, Labriego, Coronel, Leguizamón, Arana, Canedo, Ruiz, Logia y otros. Eran cortadores de ladrillos o trabajadores “en lo que se diera vuelta” en el campo que siempre andaban con plata en el bolsillo, haciendo alarde de sus pilchas o de alguna conquista en los bailes de Calleriza o la colonia Ferrari.

Los enredos de polleras rara vez terminaban bien, dice Castro y enumera algunos casos:

 Por eso peleó Juan Arana con el “Chungo” Zelaya , a quien dejó manco para siempre. Suplicio Labriego en pelea con Oscar Coronel también le inutilizó una mano. El Taica Vera mató a un hermano del “Chungo” Zelaya de un balazo en el bar “El Picaflor” y al Cholo Rodríguez lo mataron los Estigarribia en “Las Tres Canchas”. A “Purrete” Vallejos casi lo mandó al tacho “Chani” Estigarribia en lo del “Chueco” Siste, a Juan Morel lo mató “Machingo” Tisera en lo de Calleriza…

Dice este gran observador autodidacta que ya no existe aquella juventud de “arreglate solo”, hoy andan en patotas capaces de matar a uno entre siete u ocho. Eran más hombres a pesar de su ignota vida y la rusticidad del ambiente y aunque se transitaba por cualquier calle oscura, nunca se produjo una violación ni siquiera la falta de respeto a una dama.

Cómo puede ser que no existan padres o maestros capaces de encaminar a sus discípulos y haya que poner a aquellos jóvenes como modelo.

Y puedo agregar a esta lúcida observación que La Morocha Calleriza podía mantener la disciplina de aquellos hombres rudos del bajo fondo, cargados de alcohol, pero los jóvenes de hoy incendian a una profesora en el aula sin recibir pena disciplinaria alguna.

 

LAS TRES CANCHAS

Era en la esquina de Moreno y Zubiaurre. Edificio bajo, alargado, con muchas puertas por la calle Zubiaurre y una ventana con tapa rebatible de madera despintada que daba a Moreno. Frente a esta ventana había un espacio con palenque de palo, donde los habitués dejaban su caballo. De ladrillo blanqueado a la cal, techo de chapa a dos aguas, era la típica construcción del almacén rural. Al mirar hacia adentro se veía un piso de tierra apisonada, una puerta abierta al fondo por la que entraba muy brillante la luz del sol, tanto que hacía aparecer ese interior aún más grande, más oscuro y más misterioso. En ese sitio del entonces arrabal, se jugaba a las bochas. Tenía una clientela de hombres rudos, morenos, de manos curtidas y expresión seria que a mí se me antojaba casi feroz. De sus puertas siempre abiertas, de ese agujero insondable, de esa caverna indescifrable, salía un tufo a cigarrillo, a veces mezclado con humo de carbón o el delicioso aroma de la parrilla.

Por allí pasábamos diariamente Choni Rentería y yo para ir a casa de Plita Minjolou, que quedaba frente a la Pompa Fúnebre de Ignacio Sáenz. Hacíamos la tarea escolar y regresábamos, siempre con la curiosidad de espiar esa vida ajena diferente. Jamás nadie, ni padre ni mayor alguno nos dijo “Crucen la calle, no pasen por la puerta, tengan cuidado, no entren”. Se contaban cosas que allí ocurrían a veces, hechos policiales, peleas a cuchillo, pero salvo este folklore casi divertido de los comentarios del barrio, no había  miedo. Eran las leyes de un mundo que no nos daba alcance, que nos ignoraba y lo sabíamos.

Cuenta Cuero Crudo:

“En esa esquina funcionó durante muchos  años “Las Tres Canchas”, llamada de esa manera porque tenía tres canchas de bochas abiertas. Tuvo varios propietarios y conocí a dos de ellos: Héctor Barreiro y Pichón Domenech, tenían una gran clientela y allí paraban los changarines, fleteros y los “buscas”. Siempre había algún “vividor” con mañas excepcionales para hacer trampa y ganar en el juego de cualquier forma. Yo jovencito me invitó un manco a jugar al truco mano a  mano por $5 – yo me tenía fe para jugar mano a mano – así fue como  perdí tres partidos de calle y me retirá porque me di cuenta que estaba rodeado de gente que miraba la baraja y pasaba la seña.

Tenía una parrilla al carbón que habían hecho famosos los chorizos de “Las tres Canchas”, los hacía Don Pedro Gabilondo y cuando Barreiro los asaba parecían fuegos artificiales por la grasa que tenían. El vino venía en bordalesa de doscientos litros y lo servían en un farol de medio litro, con un choripán, $0.50.

Benigno Bustamante hacía de mozo; a veces también Marcial Arce “El Chancho”, pero se debía controlar bien el vuelto porque ellos mismos descornaban la propina.

Las peleas eran una cosa frecuente. Oscar Coronel le rajó la cabeza al Chungo Zelaya con una copa y Juan Victorio le dio con una piedra que siempre llevaba en una bolsa al “Gallareta” y lo mandó al hospital. Al “Cholo” Rodríguez lo mataron enfrente los hermanos Estigarribia, lo sacaron de allí con el objeto de mantener unas palabras y bajo el foco le dieron muerte. A Fortunato Soloa y a “Bola “Alderete una noche les dieron tal paliza que optaron por no concurrir más allí.

Luego se hizo cargo “Pichón” Dominichi, hombre tranquilo que le cambió la cara, pero fue por un tiempo nomás porque volvieron los peleadores. Una tarde el “Rubio” Ibarra puso banca a esos vividores y nadie quiso pelear. Julio Madrid también hizo su aparición por esos días y peleó con “La Comadreja” Arriola, pegándole unos chirlos con el látigo de pisar.

Tiros y balazos tienen las paredes de lo que es hoy la carpintería del señor Forero. Ya no se siente el bochazo medido por Rito Pazos, no se observa el fuego artificial de los chorizos de Gabilondo, ni se oye el grito de diez mesas jugando al truco, ni el mostrador colmado de changarines deleitando el vino de bordalesa que daba gusto paladear. Se nos escapó de la vida estas canchas llenas de arrabal y de hombres rudos, trabajadores, changarines y hombres buscas, todo terminó…

 

ALMACÉN “EL CHICHE”

Nos cuenta Cuero Crudo que perteneció a un señor de apellido Navarro y  estaba ubicado detrás del hospital. Era una casa de provisiones bastante importante a pesar de que en nada se parecía a las del centro. Un carrero repartidor llamado Martín Corro salía de “El Chiche” a tomar el pedido de la gente que trabajaba en el obraje “La Providencia”. Una mañana lo encontraron asesinado en el carro. Le habían robado toda la  mercadería que llevaba. A pesar de las batidas de la policía no se pudo encontrar al asesino.

Años después un resero de estos pagos, de apellido Duarte, en una fiesta en Castelli reconoció el puñal de plata del repartidor asesinado, con sus iniciales  en las cuatro caras de una encavadura muy especial cuadrada, larga y gruesa. Hizo la denuncia pero no consiguió que el Comisario lo atendiera, ya que se le exigió una denuncia formal, pruebas, etc  para detenerlo. El asesino se le escapaba por la burocracia, entonces el resero comentó el hecho con los consignatarios de hacienda Pedro y Antonio Lanusse. Uno de ellos le dijo que lo iba a ayudar para que lo atendiesen en la comisaría, ya que quien tenía el cuchillo podría ser un comprador de buena fe, pero sabría dar datos.

Al día siguiente, nada menos que el Jefe de Policía bajaba a Castelli a tomarle declaración. Duarte dijo que el trabajo lo había realizado un orfebre de Dolores de donde era nativo Corro, por lo tanto era único, con las iniciales del dueño.

Con estos datos el Jefe de Policía detuvo a Braulio Llerena, comprador de caballos para tacho y para la remonta, quien, interrogado, dijo que se lo vendió un tal Corro, mozo joven con el que anduvo en unos  viajes. Era del “Divisadero”. * Llegó entonces la comisión policial al Divisadero para interrogar a Corro en la casa de sus padres, o sea la casa del repartidor asesinado. Era su hijo.

Al llamado salió a la puerta su madre, la viuda de Corro, a quien la policía  narra los hechos y le exige que el hijo se entregue, ya que tenían en sus manos la prueba de que era el asesino de su propio padre.

Entró la madre, pero regresó  gritando espantada. El asesino se había colgado al verse rodeado y comprometido.

Arrastró a su muerte secretos nunca más develados acerca de los motivos, los cómplices o verdaderos autores, la razón de ese odio al padre o el secreto de una personalidad indiferente a los vínculos y afectos familiares, guiado sólo por la codicia en un robo menor.

 

*Menciona aquí Castro el Divisadero. Creo que se refiere a un antiguo almacén de ramos generales de campo con ese nombre. O quizás se le llamara así a la zona donde estaba ubicado “El Chiche”.

 

 

LA FONDA DE TAVERNA

El primer detalle que llama mi atención en esta narración de Castro es que el tabernero de apellidaba Taverna. He conocido a un ingeniero agrónomo Campos y una larga lista de coincidencias de este tipo que parecen condicionadas por el apellido, aunque es exactamente al revés. Hay apellidos que derivan desde muy antiguo de una ocupación familiar, la que, al igual que éste, es heredada por la prole, tales como el herrero Herrero, el panadero Panadero o el carpintero Carpintero o el escriba Escribano.

Taverna, famoso por su mal carácter, tenía por costumbre, maltratar al parroquiano. En su fonda, además de dar de comer, sus clientes podían reunirse a tomar la copa y  jugar a las bochas o a la baraja.

Un día de tantos, con el local lleno de gente, atendían las mesas dos señoras: la esposa de Taverna y la mucama del comedor.

En una de las mesas esperando ser servido estaba Roberto Arce, un muchachón tímido y buenazo, muy respetuoso, un flaco de 1.85 de estatura.

De golpe sintió las manos de Taverna alrededor de su cuello, que le gritaba:

-Qué, ¿Nunca viste mujeres, hijo de…vago, que tenés que venir a tocarle el culo a mi mujer? – Enseguida sintió la bofetada ofensiva, violenta, más hiriente por lo injusta.

Roberto se enfureció. Consideró que tenía que defenderse y sacó un cuchillo de la verija, con el que le tiró una puñalada trapera al fondero. Le perforó el estómago en un corte de 20 centímetros y Taverna cayó herido de muerte. Los clientes no podían creer – salvo uno -  ese hecho tan rápido como inesperado. Pero hubo allí un responsable del crimen: Fue el manilargo que, sentado a una mesa vecina a la de Arce, manoseó a la mujer para luego hacerse el tonto y culpar a Roberto.

La mujer de Taverna estaba cansada, porque parece que era ya un hábito del tipo. Le dijo a su marido:

-Ya estoy cansada, siempre me hace lo mismo. Y señaló a Roberto.

El que cometió la felonía todavía existe. Lleva su carga de impunidad, señalado por todos por aquél acto despreciable que causó una tragedia.

Don Roberto Arce ya ha fallecido. Fue un buen hombre toda su vida que se vio envuelto en un duelo injusto culpa de un cobarde.

 

LO DE CALLERIZA

Bailes de rompe y raja. Miles de historias de entreveros, faldas, amor y odio, celos y rencores, amaneceres de tragedia marcados por el alcohol y la mala costumbre de andar armado. Crecimos sabiendo de su existencia y contándonos esas historias porque estaba allí nomás, en el barrio, a pasos de la escuela y de nuestra casa. Había en el mismo barrio, muy cerca unos de otros, boliches de copas que abrían sus puertas durante el día, como el del Chueco Siste y el de don Rufino Villate. ¡Pero “Lo de Calleriza”!... Ese era otro cantar que cuando sonaba, todos parábamos la oreja porque sabíamos iba a ser fuerte y sabroso.

Cuenta Cuero Crudo que don José Calleriza era un uruguayo polémico que allá por los 40 se instaló en Madariaga con un despacho de bebidas de chapas en la esquina de Intendente Urrutia y Saavedra, donde ahora funciona la Clínica Carri. Pronto comenzaron a realizar bailes populares, cuyo acceso era aceptado mediante el pago de la entrada en la puerta  a la esposa de Calleriza, apodada “La Morocha”, mujer de carácter si las hubo. 

“Allí concurrían a divertirse lo más granado del bajo fondo y casi siempre se producía algún altercado, pero eso sí, La Morocha los castigaba con suspensiones de hasta un año.

José les despachaba la copa, les vendía el choripán, pero cuando ocurría algo anormal daba paso al milico que andaba por ahí cerca, quienes eran de la gente estable y pertenecían al elenco del baile.

“La Mandinga”, “La Conga”,  “la Gringa”, “La Pocha”, “La Cara Atada”, “La Chela”, todas tenían apodos; y de los varones que tallaban “Chelo” Arriola, “Pepe” Hernández, “Purrete”, los Montovia, los Vargas, los Tisera,

Y después casi toda la juventud de la época, yo inclusive. En una oportunidad se armó una pelea culpa de “La Conga”, cuando gritó que un tal Cáceres le había faltado el respeto. Se vino al abordaje el “Chungo” Zelaya y se armó la batahola. Al terminar el cruento enfrentamiento se verían más lastimados que en la guerra del Paraguay y don José manifestaba:

-“Si a mí me dejan pegar no dejo uno vivo” – pero él se escondía hasta que todo pasara.

En esa época corría la plata en el bolsillo del pobre, quien se divertía a su manera. Hoy el silencio ha tapado de olvido aquellas paredes; son de mampostería y el frío comercio se interpone entre canyengue y achicadas médicas y pequeños autoservicios.

Ya no pasa por allí “La Conga” bailando con cortes, ni “El Chelo”pegando esos formidables planazos…”

Curiosa y a la vez hermosa pintura de nuestro pasado de arrabales canyengues la que nos ha recreado Castro: tan lozana y fresca que podemos “ver” las escenas.

 

OTRA DE LO DE CALLERIZA- Cuero Crudo cuenta que…

El 28 de marzo de 1958 a las 21 horas, víspera de las elecciones que ganara el Dr. Frondizi, se recibió en la guardia policial un llamado avisando de una pelea en el bar Calleriza. Al llegar se encontraron con Juan Morel sentado en el antepecho de la ventana del negocio y le preguntaron sobre una pelea que allí hubo.

-Qué pelea ni pelea. Me lastimó de callado el Negro Machingo, mirá. - Se levantó el pulóver mostrando una tremenda puñalada en el hígado y un corte profundo en la tetilla izquierda.

Fue conducido al hospital, donde lo recibió el enfermero San Martín, quien llamó al médico de policía, Dr. Cova.

-No va a tardar en llegar - dijo.

El herido, a pesar de estar alcoholizado, estaba conciente y mantenía una conversación con los agentes. Al paso del tiempo comenzó a debilitarse y pedir por el médico. Luego de esperar dos horas y cuarto llegó el Dr. Cova, no en su mejor estado de lucidez. Lo miró y dijo:

-Este borracho tiene estallido de vesícula. No tiene vuelta. Qué voy a llamar a cirugía, para que cuando la preparen éste esté muerto.

Morel, hombre de acción, aún en su estado le lanzó al médico un insulto:

-Lo que menos pensé que tendría que morir en tus manos, perro de mierda.

El Dr. miró a los policías y dijo enojado:

-Yo sé cómo son estos negros.

Britos y Castro no podían creer lo que estaba pasando. Se quedaron junto al herido hasta que murió, porque el médico se había  perdido por los pasillos.

Al rato apareció el doctor y ordenó que lo llevasen a la morgue, donde comenzó la autopsia. Los agentes estaban presentes y tuvieron que ayudar, ya que el muerto era una persona obesa y debieron sostenerlo abierto con ganchos para que llegara al corte que tenía en el hígado.

En inspector Klapenbach, instructor del sumario, preguntó:

-¿Si hubiera recibido atención instantánea se hubiera salvado?

A lo que Cova respondió con ironía:

-Sí, oficial. Si yo durmiera en el hospital me hubiese salvado de tener hijos.

Y comenta Castro: “Hoy tenemos un hospital con profesionales diligentes, con medios de comunicación instantánea, con médicos de guardia y personal capacitado. Esta historia se repetía en el pasado y a pesar de ello se recuerda a ciertos médicos como grandes hombres.

 

 

EL ALMACÉN DE FRAGA MARINO Y EL GUAPO OCTAVIANO ZAPATA

Era un viejo almacén y despacho de bebidas en una esquina de “la calle ancha” – Avenida Buenos Aires – que fue escenario de duelos criollos y trifulcas que seguían al consumo de bebidas alcohólicas. Como dice Cervantes del Quijote: “…del mucho beber y del poco comer, habíasele secado el cerebro”.

Octaviano Zapata, hombre malevo,  trabajaba en el obraje de La Providencia, por lo que –dice Castro - estaba apadrinado por el caudillo radical, senador don Guillermo Martínez Guerrero y por tal causa era mal mirado por otros paisanos. Cada día, a fin de sus tareas llegaba en su carro al boliche de Fraga Marino.

Bernardo Coria, alto, flaco, ágil, con una vista de águila, tenía fama de guapo por haberle sacado el facón de la mano a un famoso malevo de Brandsen y buscaba tener un enfrentamiento con Zapata. Zapata estaba de acuerdo “Donde nos encontremos vamos a mellar los fierros” decía.

Un buen día Zapata almorzaba solo en el almacén cuando ingresó Bernardo. Al verlo dijo:

-“Justo lo que andaba buscando para desentumirme los huesos. – acercándose a la mesa insistió: -A vos te digo, si tenés vergüenza lo prometido es deuda. Arrancá y dale que vamos a mellar los fierros, guacho de mierda”.

Zapata quiso calmarlo, quizá sintió temor.

-“Dejate de cosas pasadas hermano, para qué vamos a pelear si no te he hecho nada y vos tampoco a mí”

Coria sin dejarse convencer, desenvainó su caronero y le planeó la mesa.

Zapata aprovechó el momento, dio la vuelta a la mesa mientras desenvainaba su enorme facón. Coria yerra un tiro a la mano y Octaviano, petiso y ágil, aprovecha para hacharlo en el mentón. Coria se corre hacia atrás y Zapata raspa la pared con el facón y lo corta en el brazo. Coria siente que la sangre le impide la visión, se pone de pie y Zapata entonces manda ordenar la mesa y se sienta a comer, como si nada hubiese pasado.

Coria pasó el resto de sus días con una cicatriz en la cara que nunca pudo saldar.

Octaviano Zapata siguió con sus andanzas.

Un día, en el Almacén de Ibarbia – Avellaneda y Mitre – jugando mano a mano al truco por tres pesos con Vuichard, Zapata dijo que una flor no sirve con dos negras y un as. Vuichard insistió que eran 31, discutieron, entonces Vuichard de una trompada hizo rodar a Zapata debajo de la mesa, quien al levantarse ya tenía su facón en la mano. Vuichard fue sujetado por los brazos y Zapata lo mató de una puñalada en el estómago.

Zapata siempre dijo:

-Yo no me di cuenta de que lo tenían agarrado. Fue una muerte injusta”- Pero esos fueron los hechos que le dieron fama de hombre malo.

Un día un burro fue más guapo que Octaviano. Era un burro salvaje que había boleado en la  estancia “La Mascota”, al que estaba amaestrando.

Lo tenía manso, lo acariciaba, comía del morral. Octaviano lo tenía enlazado en el palo atador y, ya confiado, le dio la espalda. El burro lo atacó con patas y dientes, parecía un perro rabioso. Zapata se arrastró hasta pasar el alambre, donde lo encontraron los peones. Estuvo gravísimo, internado 108 días en el Hospital Muñiz de Buenos Aires con nueve quebraduras.

 Otro día, ya viejo, peleó con Maldonado en la  vereda. Como Zapata lo tenía mal, la mujer de Maldonado le pegó un tiro en la pierna y se la quiebró. Repuesto de la quebradura, vuelve a su actividad de puntero radical.

En 1955 el caudillo radical Abelardo Costa ordena romper la huelga municipal del flamante sindicato peronista y salen a juntar la basura. Marchan los ancianos radicales adelante: Zapata, con 80 años, Artiguet, Calandrón, Díaz, Flores, Elichiribehety, Castellanos y otros, cuya suma de edades daba más de mil. Por la tarde Octaviano es de los primeros en atacar la Unidad Básica, pero recibe un escopetazo calibre 16 disparado por Morel. Estuvo grave pero se salvó una vez más.

Fui su amigo en la vejez, a pesar de nuestras ideas opuestas.

 

BOLICHE DE JUAN CHICO

Ubicado en las cercanías de La Unión de Peña (hoy Díaz Saubidet)

Día de la Raza del año 1950 – Ha llovido toda la mañana.  Está al frente del boliche Juan Vignolo (“Juancito”), quien se encuentra enfermo, con baja presión, lo que le provoca desgano. A las 10 ha dejado de llover y cae un parroquiano conocido, de nombre Nicolás Vaca, que regresaba a caballo de un viaje de hacienda. Con su caña en la mano, se ponen a conversar “de bueyes perdidos” con Juancito. Se abre la puerta y entra Muñoz, puestero del vecino campo “La Espadaña”, quien dice:

-Buenos días para todos menos uno – Juancito mira a Vaca, quien aparenta no acusar el impacto, pero se saca el poncho calamaco y dice:

-Si ese uno soy yo, acá tenés mi contestación” – Pela su cuchillo y le tira un hachazo que Muñoz para con su rebenque. Así comienza un duelo criollo que comienza a regar de sangre el cemento del pequeño despacho, ante los ojos extraviados del bolichero que no se podía ni mover por su malestar. Intentaba pararlos pero no tenía ni voz. Salieron del negocio “coloriando las cabezas” y pararon cuando ninguno de los dos podía ver por la sangre que les chorreaba. Cada uno se fue por su lado, dejando allí sus compras.

Un asunto más arreglado a cuchillo.

A Muñoz le quedó una cicatriz en la cabeza y a Nicolás la marca del acero. Hoy Vaca vive en Pinamar, está viejito pero bien, y Muñoz falleció hace poco.

 

ALMACÉN DE BYRNE

El dueño se llamaba don Felipe Byrne. Estaba ubicado en la esquina de Intendente Urrutia  y Moreno, a una cuadra del paso a nivel, frente a la pensión de doña Juana Magaldi y haciendo cruz con la herrería de Cucco. Era almacén, despacho de bebidas y casa de remates. A media cuadra estaba mi casa, en ese entonces sobre calle de tierra. Teníamos otros vecinos: Srur, Ruau, Rentería, Galeano, Milani, Deluchi, Diep. Fue el barrio de mi primera infancia.

Se entraba por la esquina, por una gran puerta vidriada triple. El piso de madera se hamacaba al caminar. El mostrador de madera oscura en forma de “L” a veces estaba ocupado por paisanos que tomaban su copa en paz, casi sin hablar. Mi mamá -éramos dos nenas -  nos mandaba a comprar a cualquier mercadería que le hiciera falta, a cualquier hora, sin apercibimiento de seguridad alguno, a veces con dinero y otras con libreta. Don Felipe era muy cortés y nos atendía con rapidez en cuanto entrábamos. Era su proceder con los niños. Si comprábamos harina, azúcar, algo que viniera suelto, lo sacaba de unos cajones de tapa rebatible pintados de marrón detrás del mostrador, usando una cuchara de hojalata muy grande y lo pesaba en la balanza de platillos sobre un impecable papel de estraza, al que le hacía luego dos orejas con mucha destreza. Quedaba como una empanada.

A veces pasábamos con mi padre y él se quedaba conversando con el señor Panphilli, el martillero, y a nosotras nos gustaba pasar por una puerta alta que estaba cerca de la entrada para ver las cosas que se estaban acumulando para el remate del domingo. En ese recinto, muy grande y cerrado, creo que con el piso de tierra, había muebles, arañas, colchones, me gustaba descubrir alguna ventana o puerta con vitraux; también había adornos, vajilla, batería de cocina, algún juguete. Don Felipe hacía como que no nos veía y nuestra diversión era jugar a perdernos, a espiar a los clientes de la barra a través de los vidrios de la caramelera que los distorsionaban y a algunos les agregaban fealdad. El día del remate sonaban bombas, flameaban las banderas rojas el palenque se llenaba de sulkis y charrés, estacionaban algunos autos y mucha gente de a pie. Los vecinos se cruzaban curiosos. Venía mucha gente de campo a surtirse de cosas en buen uso y a bajo precio.

 Enfrente estaba la esposa, la señora Byrne: una dulce y alegre mujer robusta muy arreglada, con un lindo peinado, que tenía un local coqueto de librería, juguetería y golosinas, al que hoy llamaríamos maxikiosco. Estaba anexo a la casa con jardín en la esquina y aberturas pintadas de azul. Era una linda familia, con dos hijos varones ya grandes. Antes de empezar la primaria nos mudamos a otro barrio y los vimos menos.

Dice Cuero Crudo:

“Cuando recorro las calles de la ciudad se me agolpan los recuerdos, se me hacen tropillas que desfilan sin cencerro ni aperos. Me detengo frente al viejo almacén de Byrne, cierro los ojos y me veo en los remates que efectuaba el señor Pamphile e hijo casi todos los sábados, allá por el 52 y 53. Se arrimaban para su comercialización desde una taba calzada hasta un asador, un galpón, prendas del recado y todos los enseres que ud. pueda imaginar.

En la esquina tenía el almacén y despacho de bebidas con Felipe Byrne, tenía siempre la misma clientela: Don Agustín Paz, el “Pituco” García, el “Cholo” Rodríguez, Carlos Morales y otros.”

 

BAR “EL PICAFLOR”

En la calle ancha, o Avenida Buenos Aires ya existía el bar y despacho de bebidas “El Picaflor” cuando pasaban los reseros con la hacienda en pie rumbo a la feria, ubicada sobre esta avenida de tierra a unas cuadras de donde hoy es la comisaría. Era el pueblito joven de principios de siglo XX, por eso era natural que frente al bar funcionara abiertamente “el” prostíbulo, con el que compartían clientela y fuera cerrado en el año 30. Comprado por un importante saladero de cueros de Prina y Andíe, cumplió ese rol hasta época muy cercana al cierre de El Picaflor.

Cuando se trasladó la feria ganadera a sus actuales instalaciones en la década del 50, la bella avenida arbolada dejó de sufrir la polvareda levantada por tantas patas, pero El Picaflor siguió abierto hasta cerca de los setenta, con sus visitas de reseros, peones al fin de sus tareas, desocupados en busca de changas, sitio de descanso de la gente de campo de regreso de sus compras de vicios. 

Tengo a mano una pintura de Cuero Crudo sobre El Picaflor.

 “Hasta hace unos 30 años existía frente al prostíbulo oficial un antiguo despacho de bebidas llamado El Picaflor, propiedad de Clemente Manuel, hombrecillo insignificante y auténtico comerciante, a quien yo, en 20 años en  la policía, sólo lo conocí al fin de sus días por haber concurrido al bar.

Jamás tuvo problemas policiales.

Por la tarde llegaban parroquianos a beber y contar bueyes perdidos. Una tarde estaban los hermanos Farías, Pío y el Corvo tomando una cerveza del pico, nomás, entretenidos en su conversación. En eso irrumpió en el local un joven de 17 o 18 años, conocido como el hijo de Juana Paz, delgado, mal entrazado, un asomo de bigotito, con antecedentes de robo, alcoholismo y violencia familiar. Miró a Clemente y dijo:

-Me fiás vino, mañana te lo pago. – El bolichero lo miró con detenimiento y respondió:

-Si no me has pagado lo que me debés, cómo te viá fiar…

El muchacho tomó del mostrador la cerveza de Pío y se la empinó. A Pio no le gustó ni medio. Le arrancó la  cerveza, mientras le decía:

-Acá no vengas a “Jetear” de arriba, mandate a mudar de nuestra presencia, vago de mierda.

Viéndo que le iban a dar una paliza, el muchacho se fue diciendo:

-Ya van a tener noticias mías, van a ver…

Estaba cayendo la tarde cuando los dos hermanos estaba rumbeando para el Matadero, donde vivía Pío. El Corvo lo acompañaba, ambos ebrios y caminando con dificultad. Al llegar al cruce con Fray Justo Santa María de Oro, escondido en la alcantarilla, estaba esperándolos el Juancito, gritando:

-¡Por qué no me pegan ahora! – Los atacó con una guadaña yuyera. Le dio al Corvo en el estómago. Persiguió a Pio que escapaba y le acertó en la cabeza, tan fuerte que se dobló la punta de la hoja. Fue un crimen horroroso. A Juancito lo llevaron a la cárcel y de allí a Melchor Romero donde apareció ahorcado en un patio de recreo.

A veces veo a Juana Paz. Triste, escondida, vencida por su triste historia de madre fracasada. La sociedad no contempla a los humildes pero sí los diferencia.

 En sus últimos años, ya enfermo, don Clemente Manuel hacía algunos bailes los sábados y cada reunión había una o más peleas. Era soltero y murió en la  pobreza junto a su bolilche, que mantuvo abierto más de 60 años.”

 

 

 

BOLICHE “EL TOKIO”

Era un boliche con despacho de bebidas, y salón familiar – leído en los avisos de la época en el semanario El Argentino – concurrido por canillitas, reseros, lustradores, cajetillas, etc.

Cuenta cuero Crudo que, a eso de las 10 de una mañana de abril del año 1934, el resero Ramón Montenegro, hombre de confianza de don Guillermo Martínez Guerrero- a quien a veces hacía de guardaespaldas- estaba acortando la mañana en el boliche “el Tokio”. Algo agrandado el hombre por su relación con el senador, tenía la costumbre de lacear a los muchachos por cualquier cosa. En eso entró un negrito de unos 18 años y pidió vino. A Don Ramón no le gustó esa presencia y dijo:

-Donde hay toros no entran vacas.

El muchacho le contestó:

-Yo soy Vaca, pero no de las que muentan los toros, viejo e´mierda. – A la vez que le asestaba una tremenda puñalada en el estómago. Luego, con gran serenidad, limpió el cuchillo rojo en sangre en el saco del herido, regresó a la copa servida, bebió hasta la mitad y dijo:

-Salud pulpero. Y sirva otra, tal vez no me vea más por acá. Pero este toro (señalando a Ramón) ya no torea más en rodeo ajeno.

Enseguida ingresó la policía para llevarse a Higinio Vaca. En el camino hacia la comisaría se lo oyó decir como si cantara:

-No volveré a verte más, torito montaraz, que un día me echaste de tu rodeo.

Estuvo como quince años preso. Al salir se casó, tuvo casa y familia. Hoy ya ha fallecido.

 ...*.*.*...

 

 

 

 

 

 

 

 

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