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El desalojo de dios

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EL DESALOJO DE DIOS

Ostende, la primera y la última

 La primera iglesia del Partido de Pinamar y la Casa de Retiros Espirituales de los mojes carmelitas: dos edificios de Ostende devorados por el tiempo y el olvido. Hoy es la única localidad sin templo católico.

Por Cristina Coccari

 

Cuando los belgas Ferdinand Robette y Agustín Poli comenzaron con su emprendimiento de Ostende, iniciaron una profusa campaña publicitaria que logró vender varios terrenos en Buenos Aires. Domingo Repetto era genovés, un hijo único de veinticuatro años que llegó con sus padres al país en 1883. Pusieron una fábrica de polvo de ladrillo en Buenos Aires que pronto se multiplicó en tres casas céntricas de materiales para la construcción. Fundador de la acción católica italiana, recibió la Orden de San Silvestre de manos de Benedicto XV por su activo trabajo en obras de caridad. Devoto de la Orden Salesiana, decidió donar una capilla y una casa para los sacerdotes de esta orden en el nuevo pueblo cercano a la estación Juancho. Las construyó junto a su casa en el lote contiguo. Los terrenos de la capilla abarcaban dos manzanas. Hay con sus cartas, fechadas entre 1917 y 1918, un encargo de ventanas, puertas y otros detalles relativos a la construcción. También se menciona un lugar para el coro.

Otras construcciones de esta primera generación, probablemente proyectadas y dirigidas por el arquitecto francés Auguste Hughier, fue la casa de uno de los fundadores, el belga Robette, la rambla costera, la villa veraniega de Pílades Soldaíni y el Hotel Termas Ostende.

Cerca de allí, a pasos de la casa de Robette, se había construido la Casa de Retiros Espirituales de los monjes carmelitas, quienes se turnaban para pasar sus temporadas de retiro a la vez que asistían espiritualmente a los pocos habitantes de Ostende.

Mientras tanto, en la nueva capilla comenzó a haber bodas, bautismos y funerales con los que la comunidad se afianzaba en identidad y pertenencia. Ostende fue la primera localidad del hoy Partido de Pinamar en tener su iglesia.

Una capilla, sacerdotes salesianos y monjes carmelitas. Gran abundancia de vida religiosa. Ostende había nacido bajo este signo.

La guerra de 1914 produjo el regreso de los belgas a su país y la fractura de la firma Ostende SRL porque los capitales belgas comprometidos dejaron de llegar.

La casa del fundador fue adquirida por profesores de gimnasia de capital, quienes traían a sus alumnos a pasar los veranos. Comenzó a haber algarabía juvenil, intromisiones y modernismos que afectaban la tranquilidad de la que siempre habían gozado los monjes.

La propiedad de los carmelitas fue abandonada por la congregación años después, por no ajustarse a las necesidades de un retiro espiritual.

Mientras tanto, todo parecía confabularse contra los requerimientos espirituales de la pequeña comunidad. Al fallecer en 1921 María Benedicto,  su esposa de cincuenta años, Domingo Repetto se quedó solo con diez hijos. Delicado de salud, sufrió un ataque de hemiplejia que lo dejó casi postrado. Ya no visitó más a Ostende. El viernes santo de 1925 falleció de un ataque al corazón. El hijo mayor de treinta y seis años se hizo cargo de los negocios familiares y de sus nueve hermanos, mucho menores que él.

A cargo de casa y capilla en Ostende durante un tiempo quedó un casero, que se limitó a ser testigo mientras el avance de las dunas, que no habían sido fijadas, las iba devorando y demoliendo. Los padres salesianos ya no estaban a cargo de la capilla y las construcciones quedaron libradas a su suerte. Hubo saqueos. Algunos vecinos se llevaron los materiales y muebles para usarlos en sus viviendas; otros pusieron a salvo los objetos de culto que, al fundarse el Museo en 1998, fueron poco a poco devolviendo: un cristo quemado en parte, el bello sagrario de madera dorada y la pequeña pila bautismal enlozada con dibujo art decó.

En los terrenos sólo quedaron los restos de un piletón donde se criaban anguilas. Las puertas de la capilla hoy forman parte de una antigua e importante construcción cercana, dicen sus familiares.

En la casona de los carmelitas –que seguía en pie mientras desaparecía la capilla - quedó la hermosa imagen de bulto de la Virgen que presidiera su altar, seguramente custodiada por los monjes como imagen sagrada.

Magdalena Vicente de Mandiola adquirió a la congregación carmelita las acciones de Ostende SRL en 1952 y las cedió a su hija Ana M. de Quatrini en 1984, quien ese mismo año vendió la propiedad a Nélida Barrios de Sibilla en 200.000 pesos.

La imagen de la Virgen consagrada a la capilla entró en el inventario en esta venta, por olvido o por error, y allí quedó en un depósito, entre objetos y muebles, durante muchos años.

He leído en la página web dedicada a don Domingo Repetto que hoy la virgen está en el Oratorio Laura Vicuña.

Hoy la comunidad de Ostende presencia el avance de la construcción de una iglesia enorme y bella para albergar su actividad espiritual. El calendario nos dice que han pasado noventa años desde que el pionero Repetto hiciera su mágico esfuerzo. Todos deseamos que la localidad que fue la primera en tener iglesia, la localidad que es la única que aún no la tiene, no deba celebrar el centenario de aquella humilde capilla sin tener un sitio digno que la reemplace, un lugar sagrado adonde retorne la Virgen de Repetto a bendecirnos a todos.

Cuando eso pase mi homenaje será juntar flores amarillas y rosadas, las más silvestres de los médanos y guadales que aún nos quedan, para depositar a sus pies, como hiciera mi tía Olga (ver aparte) a fines de los años veinte.

         La Casa de Retiros Espirituales hasta hace muy poco nos acompañaba. La torre del campanario había sido derruida por seguridad, pero ella seguía allí, sin campanario pero con su antigua estirpe, con su misterio y su historia. Quienes en algún momento creamos el Museo Histórico soñábamos con que fuese declarada patrimonio histórico y expropiada por el gobierno municipal para albergar nuestro pequeño bagaje de preciosos recuerdos. A veces íbamos hasta allá y la espiábamos, mirábamos su interior de desván para soñarla arreglada y llena de gente.

Un día pasé y no la vi. Averiguando entre amigos, vecinos de Ostende, me enteré que de golpe desapareció. Es un terreno con gran valor inmobiliario, me dijeron.

Que nadie la busque. Se fue sin despedirse.

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FLORES SILVESTRES PARA LA CAPILLA

Relato testimonial de la época, a fines de la década del veinte.

Por Olga Coccari

 

Al llegar ese verano nos dimos cuenta de que nuestra casita había sido barrida por una sudestada. Desarraigada y volcada, todo estaba desperdigado y mucho se había perdido. También el muelle había sufrido la pérdida de una gran parte del bar y de su estructura propia. La iglesia estaba solitaria con uno de sus lados desaparecido bajo la arena. Sólo deambulaba un sacristán de mirada aviesa. El hotel tenía enterradas sus puertas bajo la arena. Entraban por el primer piso, con un tablón desde el médano hasta una ventana. Lentamente, con el espíritu de sacrificio con que encaraban todas las calamidades que la arena les acarreaba, fueron abriendo con la pala de buey y retirando el médano, ayudados por todos los empleados. Nosotros reparamos los daños y pasamos el verano. Los dueños de las casitas y los del hotel compartíamos gran parte de los momentos del día en actividades organizadas por ellos. Dependíamos de su carnicería y panadería para aprovisionarnos, de su servicio de transporte para llegar al tren, e íbamos a sus salones a pasar un rato amable de música y buena compañía. Gracias a la carpintería y la herrería del hotel, pudimos reparar los daños de los sucesivos temporales. La gran amistad que unía a mi padre con los hermanos Pallavidini y con el señor Bellatorre, unida a la presencia de algunos clientes agradables con los que nos veíamos todos los años, nos proporcionaban la seguridad de estar acompañados.

Un domingo, al llegar para oír misa, encontré la puerta de la iglesia cerrada. Había juntado flores silvestres en los guadales, porque el altar nunca tenía flores frescas. Era un gran ramo rosado-amarillo. Esperé, pero de pronto me di cuenta de que mis flores pedían agua por el calor, el reparo y el manoseo. Entonces Grité:

– ¡Lechero! –inspirada en lo que había presenciado algunas veces a esa hora: la llegada del lecherito, un niño en una especie de trineo tirado por una yegüita joven.

Enseguida se abrió la puerta. Era el sacerdote, quien me trajo los floreros, divertido por mi engaño.

– ¿Puede arreglarlas, señorita –me pidió con humildad–, mientras me preparo para dar misa?

–Con gusto, padre. –Era el carmelita flaco, alto, de anteojos. Uno de los que atendían la capilla.

Salí a buscar agua. Arreglé la sencilla ofrenda en el no menos sencillo altar, con su mantel impecable. La Virgen me miraba agradecida. Durante la misa desapareció el sol y se fue poniendo muy oscuro el interior de la pequeña iglesia. Comenzó a soplar un viento muy fuerte, haciendo sonar la puerta, el techo, el molino, mientras se iba abriendo camino entre ellos con un ulular de lobo hambriento. Me gusta el viento y allí me sentía al abrigo. Al terminar la misa se retiró el padre a la casona donde vivía y las pocas personas que quedaban fueron haciendo mutis entre silenciosas genuflexiones. Me levanté para irme, morosamente, no deseaba afrontar el viento y la arena. Sólo entonces me di cuenta que sólo yo había quedado. Una mano me cerró el paso al salir de la fila de bancos. Era el sacristán, un hombre desagradable y desaliñado que siempre nos espiaba desde la penumbra.

–Debe esperar a que el viento amaine... vuelva a sentarse. No se corría, mientras sonreía con la boca torcida. Miré alrededor. No había nadie.

– ¡Por favor –le supliqué– déjeme salir! Estoy acostumbrada a las tormentas de viento, no les temo.

En realidad a quien temía era a él. Corriendo, salí por el otro lado, alcancé el picaporte de un salto y abrí la puerta. El sacristán me susurró en el oído:

– ¡Hasta lueguito!... –su figura patética arrumbada en la oscuridad.

Corrí y corrí. Medio ahogada y cegada por el viento y la arena, caí al suelo. Al caer, el pañuelo de gasa que llevaba en la cabeza cubrió mi cara y pude llegar a mi casita tranquilamente.

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Comentarios El desalojo de dios

todo muy verìdico, puedo atestiguar que lo narrado es cierto, mientras mi padre arreglaba la usina del Hotel OSTENDE de los hermanos Pallavidini, mi madre, mi hermanita y yo, junto a las familias de Eyras,  Carmody, Arancedo y Simans Eyras, veraneàbamos en la casa de la Sra Soldaini, conocì el Hotel, bellìsimo, la estructura que ya estaba enterrada de la iglesia. y un mèdano altìsimo que era virgen con una laguna abajo de aguas pantanosas, que con la supersticiones de antes no nos dejaban ir porque nos tragarìan.te felicito Cristina...
Elsa Paredi Padilla Elsa Paredi Padilla 27/09/2010 a las 18:32
ESTAS FAMILIAS MENCIONADAS POR MI AMIGA DE LA INFANCIA ELSA, NOS REMITEN A VIEJOS APELLIDOS DE MADARIAGA, QUE JUNTO A LOS URANGA, MURO, MARTINO, SHWAB, BÖHM, ... COCCARI...FUERON FORMANDO LA IDENTIDAD Y LA POBLACIÓN DE TODA ESTA COSTA GLAMOROSA DE HOY. TAMBIÉN ESTÁN LOS CIENTOS DE HIJOS QUE MADARIAGA NOS DONÓ PARA QUE, CON SUS MANOS, SU TRABAJO, SU ESFUERZO, SU HONESTO QUEACER DIARIO, FORMARAN LA MASA QUE MOLDEABA ANÓNIMAMENTE ESTE PRESENTE. HOY ESTOS APELLIDOS ORIGINARIOS DE MADARIAGA SON  LOS CONSIDERADOS "PINAMARENSES" DE PRIMERA HORA. ES UN HONOR CONOCERLOS.
Interesantes relatos de los orígenes de Ostende. Encantador el que se refiere a Flores silvestres para la Capilla, en el que la narradora y protagonista recrea el momento vivido en el templo con cierta dosis de misterio, en el que no falta el viento ululante  y el personaje siniestro. Muy lindos momentos.
Evi Evi 02/10/2010 a las 00:49
CRISTINA 
                          Me parecio muy interesante tu relato sobre los origenes de Ostende y su capilla. Me da mucha pena que se hayan perdido   las otras construcciones.Cuando tengamos la iglesia de Ostende terminada tambien me gustara juntar flores silvestres para llevar.Gracias
MABEL MABEL 02/10/2010 a las 01:58
EVI, AMBAS SABEMOS QUE NUESTRA TÍA OLGA ERA UNA NOVELISTA FRUSTRADA; NOS CONSTAN SUS DELICADOS APUNTES, TAN APASIONANTES Y BIEN ESCRITOS. PERO LAMENTABLEMENTE EN LA SOCIEDAD MACHISTA EN LA QUE LE TOCÓ VIVIR, UNA MUJER INTELIGENTE HACÍA QUE LOS HOMBRES SE SINTIERAN AMENAZADOS Y TERMINABAN TILDÁNDOLA DE LOCA.
GRACIAS POR TU CÁLIDO  ;-) COMENTARIO, FRUTO SEGURAMENTE DE NUESTRO CARIÑO DE HERMANAS. 
QUERIDA AMIGA MABEL: GRACIAS POR TU COMENTARIO GENEROSO. POR FAVOR NO DEJES DE INVITARME CUANDO PUEDAS LLEVAR EL RAMITO DE FLORES SILVESTRES A LA VIRGEN DE LA NUEVA IGLESIA. EL MEJOR GESTO EN LA MEJOR COMPAÑÍA.
Estimada Cristina, paso por tu blog a saludarte y me encuentro con este relato sobre los orígenes de Ostende que no conocía. Te lo agradezco, pues tengo muy buenos recuerdos del lugar, allí pasé durante muchos años mis vacaciones, sin conocer esta historia contada magníficamente por vos.
Gracias nuevamente y que tengas unas felices fiestas! 
Tito Naddeo Tito Naddeo 26/12/2010 a las 14:21
GRACIAS TITO. SOS MUY GENTIL POR LEERME Y POR TUS CONCEPTOS.
TE DESEO A VOS Y TU FAMILIA EL MEJOR AÑO DE TU VIDA.
CRISTINA CRISTINA 26/12/2010 a las 15:08

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